CATALUÑA. UNA LECTURA INTERESADA

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Gerardo Fernández Casanova

El afán de los catalanes por separarse de España pareciera una paradoja cuando en el mundo, o en buena parte del mundo, se registran procesos de agregación entre naciones para formar entidades asociativas comunes, comenzando con la propia Unión Europea; pero de ser extraño, resulta ser una reacción contra las formas que la dicha agregación se da bajo en nombre genérico de globalización y sometida a servir a intereses supranacionales, sólo excepcionalmente coincidentes con los anhelos de proyectos locales. El caso es que en el intento separatista catalán no se registra una diferencia de corte ideológico, aunque al rechazar al régimen monárquico español y el gobierno ultraderechista del Partido Popular y del presidente Rajoy, pareciera identificarse como una confrontación entre formaciones políticas. No creo que sea esa la naturaleza del conflicto.

 

La historia cuenta. España se formó por la alianza conyugal de los reinos de Castilla y Aragón.  Cataluña ocupaba un sitio de segunda entre los reinos asociados, motivo de frecuentes conflictos de separación; desde antes de ello el reino registraba características republicanas, contradictorias con el absolutismo castellano. Más recientemente, en el siglo pasado, Cataluña fue bastión del régimen republicano, el último en caer ante la embestida fascista encabezada por Franco apoyado por Hitler y Mussolini; incluso fue emblemático el bombardeo de Guernica como símbolo de la barbarie desatada contra los catalanes. La dictadura franquista aplicó el mayor rigor contra ellos, incluso con la prohibición del empleo del catalán como lengua de la comunidad.

 

De suerte que el conflicto viene de viejo y el señor Rajoy no hace más que reproducir la vieja historia con su actitud represiva e intolerante; ello en respuesta al planteamiento autonómico, primero, y al independista por último, siempre con un muy vigoroso respaldo ciudadano. El pleito no es pues de personas ni de partidos, ni siquiera se pudiera identificar como de posturas de derecha o izquierda, aunque ante la extrema posición derechista de Rajoy, pareciera alinear el movimiento separatista como de izquierda.

 

Pero el asunto es de mayor amplitud. Tiene que ver con el fracaso de la pretendida estandarización cultural prohijada por la globalización capitalista, que pretende desconocer culturas nacionales, borrar historias y soberanías.  Tal modelo único registra cada vez mayores índices de rechazo en el mundo, en primerísima instancia contra los gobiernos obsecuentes o sometidos a la política imperial. Están siendo los pueblos los verdaderos protagonistas de las luchas de repudio: griegos, italianos, españoles (todos), escoceses, ingleses (los del Brexit), desde luego los latinoamericanos e, incluso los estadounidenses (muchos de los que votaron por Trump), forman el caldo de una olla próxima a estallar. Aún carente de expresión orgánica, en México también se siente el hervor cercano a la explosión.

 

El virulento fenómeno de las migraciones tiene importantes ingredientes de la reacción contra el modelo; ante la imposibilidad de cambiarlo, millones de migrantes optan por buscar su salvación en los países desarrollados, contribuyendo a una mayor explosividad en las sociedades receptoras, frecuentemente expresada en nacionalismos xenófobos y supremacistas que amenazan seriamente al proyecto unitario europeo, de por sí muy debilitado.

 

Por hoy, los procesos de protesta están focalizados y aislados en lugares y tiempos propios, pero con el fortalecimiento de la comunicación cibernética, no es lejano el momento de su interconexión, en cuyo caso devendrá el caos y posiblemente las guerras de manera no deseada sino como alternativa forzada por los egoísmos imperiales de todo signo.

 

Ojalá los hermanos catalanes encuentren una salida eficaz en su proyecto; hoy por hoy el de mayor peligrosidad en el mundo. Si esto incluye la renuncia de Rajoy no sólo ganarán los catalanes sino toda España.

 

De cualquier manera, el mundo tiene que cambiar y crear una convivencia basada en la justicia y la fraternidad. Negarla u obstruirla equivaldría al suicidio universal.

 

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