Donald Trump en su laberinto

 

 

Rigoberto Lorence

El magnate que ha gobernado USA los últimos 4 años se encuentra en una encrucijada de la cual no tiene salida que se ajuste a sus intereses personales. Por un lado, sabe que perdió las elecciones del 3 de noviembre, y tan solo sobrevive porque el sistema electoral de ese país es arcaico, absurdo y antidemocrático, y le permite seguir peleando mediante argucias legales un triunfo que el pueblo le negó en las urnas.

 

Por otro, el actual presidente tiene por lo menos 6 demandas legales en su contra, más las que se acumulen, de las cuales no podría salir airoso si perdiera el control que aún tiene sobre el aparato judicial, reforzado por el reciente nombramiento de Amy Coney Barrett, nueva ministra conservadora, en la Suprema Corte de Justicia.

 

A lo anterior se suman las demandas que pudiera entablar el fisco de USA en su contra, por las diversas irregularidades que ha cometido en el pago de sus impuestos. Si el aparato fiscal no se ha movido en su contra se debe a que fácilmente podría bloquear cualquier acción, o destituir al funcionario responsable.

 

En este momento están operando legalmente los abogados de Trump. Cuando se hayan desahogado las demandas que han interpuesto en contra del conteo de sufragios por cada estado –sobre todo en los que perdió– y a si aún así no le alcanzaran los votos electorales para obtener su reelección –como es el escenario más probable– el Partido Republicano (Grand Old Party) se vería obligado a elegir entre su lealtad a Trump o el hundimiento de su representatividad política.

 

En otras palabras: los líderes del GOP saben que ese organismo dejaría de tener vigencia como el partido de los racistas, los megarricos, los magnates de las finanzas, el comercio y la gran industria. La disyuntiva de los líderes republicanos oscila entre seguir apoyando a Trump o verse relegados como organización política reconocida.

 

El tiempo de la confrontación es que faltan todavía muchos días para llegar a una definición, recordando que durante la pugna entre George W. Bush y Al Gore, al principio del siglo, ese país se mantuvo en vilo durante 37 días, hasta que Al Gore desistió en favor de Bush para mantener el equilibrio político de su país. Y apenas llevamos 10 días, falta casi un mes para el final de la crisis.
Recordemos que las grandes cadenas televisivas le apagaron en vivo el micrófono a Trump el 6 de noviembre, por considerar que su mensaje estaba lleno de fake news, y porque mucha gente en la calle lo estaba tomando como una provocación. También hay que recordar que, durante los debates con Biden, el actual presidente lo interrumpió casi 100 veces –además de las que hizo con el moderador—de manera que el famoso primer debate colmó la paciencia de los dueños de los medios.

 

En este sentido, sólo los sectores de base de los blancos racistas, conservadoras y neofascistas mantienen lealtad plena hacia Trump. Al momento cuatro senadores republicanos han felicitado a Biden por su triunfo, lo mismo que los expresidentes Bill Clinton, Barak Obama y George Bush, éste de extracción republicana.

 

La clase dominante tiene sus propios intereses, y por lo tanto sus propios designios respecto a la situación. A los plutócratas de USA –al industrial-military complex– no le interesa que gane uno u otro candidato, solo que quien gane mantenga el clima de paz y estabilidad social.

 

Si la ideología o programa de acción de alguno de ellos pusiera en peligro ese clima, simplemente no lo dejan llegar o lo excluyen del escenario. Tal como hicieron los demócratas con el senador Bernie Sanders para abrirle paso a Joe Biden, la plutocracia de USA no dudaría en defenestrar a quien amenazara con alterar el clima propicio a las inversiones, la especulación y los negocios.

 

Los mensajes que está enviando el Deep state –que constituye el gobierno real de USA—a Donald Trump través de las televisoras ha sido muy claro. Si ganas te reconocemos, pero si pierdes las elecciones y generas inestabilidad te sacamos de la jugada, de manera tan sencilla como el día que te sacamos del aire. Y no porque seamos muy democráticos ni apegados a la ley, sino porque ya no nos convienes.

 

La competencia electoral en USA es muy libre. Puedes pronunciar discursos incendiarios y no pasa nada. Puedes vociferar ante millones de personas y no sucede gran cosa. Puedes dejar morir a miles de ciudadanos por la pandemia y podrás seguir convocando mítines sin cubrebocas y sin observar la sana distancia.

 

Pero si alteras el clima de paz y estabilidad social –indispensables para los negocios—te vas a encontrarte con toda clase de problemas, desde una solución al estilo John F. Kennedy en 1963 hasta el desistimiento de Al Gore en 2000, pasando por la defenestración de Nixon en 1974, el ascenso de Gerald Ford a la presidencia y el inmediato indulto que otorgó a su predecesor.

 

El estado profundo va a encontrar finalmente una solución a los enredos generados por Trump. No va a permitir los desmanes de sus milicias racistas. El equilibrio del poder interno permite todo, pero impone su límite en cuanto a la conservación del clima de paz social. No van a permitir el desbordamiento de los supremacistas blancos en las calles, porque recibirían rápida y contundente respuesta de los Antifa y del Black Lives Matter.

 

Donald Trump está haciendo mucho daño al sistema que lo proyectó al máximo poder en USA. Con su actitud, genera desprestigio y revela el carácter antidemocrático del mismo. Pero los oligarcas pueden soportar ese daño. Lo que no pueden permitir es que vaya a producirse una insurrección seguida de una guerra civil.

 

Y esto no lo hacen por sus sentimientos humanitarios. Demócratas y republicanos han llevado la muerte y la destrucción a muchos países, y sus negocios se han incrementado. Pero no lo van a permitir en su propio territorio, porque no conviene a sus empresas, a sus acciones en la bolsa.

 

Pueden quemar las casas de los irakíes, los afganos y los persas. Las ventas de armamentos seguirán aumentando. Pero no pueden permitir el incendio de su propia casa porque sus negocios, su producción, sus líneas de abastecimiento, serían destruidas.

 

Se configura asó un escenario de confrontación donde Donald Trump puede tensar la cuerda para negociar, pero sin desatar las iras contenidas de la población, de uno y otro bando, que a la fecha se encuentran bien organizados y armados. Ese es el rasgo distintivo de la situación. Las elecciones han sido el último recurso del sistema para evitar una nueva guerra civil que flota en el ambiente. Por lo tanto, los plutócratas no van a permitir que la falta de solución electoral sirva como pretexto para desatar el caos.

 

Si la clase dominante no puede elegir una solución tipo Kennedy –inviable en estos momentos de tremenda polarización social— o una salida con el cinismo de Nixon, ni puede encaminarse a la salida desdeñosa y elegante de Al Gore, entonces lo que procede es una retirada negociada de Donald Trump, un puente de plata que finalmente sería visto con alivio por todo mundo: plutócratas y descamisados, obreros y agricultores, blancos y negros, inmigrantes o nativistas.

 

La vida política del showman de rostro naranja puede estar llegando a su fin. Puede conservar su riqueza y su libertad, pero no el poder político. Al menos no a costa de entorpecer los negocios de la élite. Incluso puede volver a postularse en 2024 para un segundo periodo. Pero debe abandonar en fecha próxima la Casa Blanca para conservar la paz social.

 

 

 

 

Sobre Rigoberto Lorence 87 artículos
Estudió en la Facultad de Derecho y Ciencias y Técnicas de la Comunicación en la UNAM. Militante de las organizaciones democráticas y revolucionarias de México desde hace unos 40 años. Ha impartido cursos de reportaje, redacción y otras áreas dentro del periodismo.

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