Galería de cuerpos

 

 

 

Rosario Vilchis R

 

Esa noche se inauguraba la exposición “Sweet Merengue” en la Galería Las Ánimas, la más moderna de la ciudad. La obra pictórica de Marco, su mejor amigo, por fin salía a la luz.

 

Se habían conocido en un viaje que hicieron a Europa ocho años atrás, no precisamente juntos, pero desde que se encontraron en el Museo del Prado, recorrieron todos los museos de la vieja Europa y no se volvieron a separar. Durante un tiempo compartieron su intimidad y después el amor se transformó en una amistad sólida, compañeros de fiesta y socios de amores compartidos.

 

Entrevistas, brindis, fotos. La noche era de Marco, toda la atención de los asistentes estaba centrada en él y sus cuadros. El ambiente efervescente, críticos, curadores, pintores, escultores, fotógrafos, toda la fauna intelectual se concentró esa noche en ese punto de la ciudad, la galería de moda.

 

En esta ocasión Néstor iba sin pareja, y la reunión era propicia para salir a la caza, como buen depredador sonreía al público masculino que deambulaba con sus copas de vino por la sala, se acercaba sutilmente a ellos para hacer algún comentario sobre la obra de su amigo y hacía gala de sus conocimientos de historiador, intentando impresionar, sobre todo, a los jóvenes estudiantes de artes plásticas.

 

El pullover negro de cuello alto enmarcaba su cara de modelo, sus rasgos finos parecían iluminados por el contraste del color oscuro de sus prendas y su tez blanca. La suavidad de sus movimientos denotaba su preferencia. Bello, pulcro y delicadamente femenino. Era un hombre de hermosura diabólica.

 

Al fondo del salón se cruzó con la mirada de una mujer, vestida también de negro, de apariencia vampiresca. Entre los delgados dedos sostenía una copa de sangre y el color rojísimo de sus labios era obsceno. Su elegancia impresionó a Néstor, de tal forma que lo trastornó, lo excitó. Hacía más de quince años que no había estado con una mujer.

 

Se sintió atraído como si una ola de mar lo arrastrara hasta las profundidades, él luchaba por no acercarse a la mujer que desde lejos levantaba su copa de vino tinto para brindar con él, pero sus pasos lo llevaban a la mujer vampiro, quería saber qué había detrás de esos labios encarnados, desnudar ese cuerpo transparente, oler su perfume.

 

No, a él no le gustaban las mujeres, eso no podía estar pasando, pero ella sonreía con la belleza de un cuadro de Boticcelli, su cabello largo y ondulado le recordaba a La Venus, y los dos hombres oscuros que la acompañaban, el marco perfecto para la extraña diosa.

 

La mirada seductora de la mujer lo seguía, lúbrica, no cesaba en su intento, pensando en que no llevarse ese hombre de movimientos afeminados a la cama sería un desperdicio, que la naturaleza no es tan sabia, esa escultura de Miguel Ángel debió de haber nacido para ser gozada por las mujeres. Se imaginó en su enorme cama, mordiendo las sábanas revueltas de satín blanco, desnuda; él acariciándola tiernamente, con sus manos delicadas, besándola y diciéndole entre susurros que su espalda lo excita, que le encanta su olor y que quiere estar con ella para siempre, al mismo tiempo, la penetra con suavidad. Ella le pregunta si la quiere; él responde que la ama.

 

Intentaba distraerse, desviaba la mirada hacia alguno de los cuadros, tratando de conversar con Marco, pero esa mujer lo tenía atrapado en su telaraña. Desde lejos brindó con ella, la imaginó en su enorme cama, mordiendo las sábanas revueltas de satín blanco, desnuda sobre sus cuatro extremidades, embistiéndola con rudeza, haciendo que gritara como perra en celo, azotándole las nalgas hasta pedir piedad, como lo haría con Armando o Esteban o cualquiera de sus amantes. Pero su espalda femenina no tiene la musculatura que lo hace arder ni tiene entre sus piernas el falo que degusta en los encuentros con sus amigos y que en cada eyaculación expulsa la soberbia espuma nácar que lo hace enloquecer.

 

Pensó en el molusco que tienen las mujeres por sexo, siempre húmedo como almeja viva, viscosa y olorosa que se retuerce al contacto de las primeras emisiones seminales, como gotas de limón que caen en la concha. Recordó ese olor y la repugnancia que le causó la última vez, durante algunos meses cuando iba a comer al Fisher’s; evocó la ineludible pregunta que invariablemente hacen las mujeres, durante y después de coger: ¿me quieres?  Todo era tan obvio, él no pretendía volver a verlas, menos aún después de haber roto, con la estúpida pregunta, el silencio del erotismo. Quién habla de amor cuando lo único que se comparte es la carne, los fluidos y las ganas, inmediatamente la lágrima fácil, absurdos y agobiantes dramas de telenovela.

 

Con sus amigos nada de eso existe, sólo el placer por el placer mismo, qué más podía pedirle a la vida, cuerpos jóvenes, de músculos firmes y vergas duras. Sin complicaciones, sin preguntas inútiles que interrumpan la embestida.

 

Caminaba pesadamente entre los asistentes, de pronto, su entorno se movía en slow mottion, los colores de los cuadros se mezclaban, parecía que la mano de Pollock estuviera ahí como invitada de honor, las voces se escuchaban lejanas, igual que el ruido que hacen las abejas de un panal. El calor era insoportable. Se sintió dentro de un caleidoscopio.

 

La náusea invadió el cuerpo de Néstor, se secó el sudor que bordeaba sus labios, Marco desde lejos, ignorando la situación, le sonreía con complicidad.

 

Son las doce, hora propicia para buscar al hombre que se revolcará esa noche en su cama, entre sábanas de satín blanco y soberbia espuma nácar.

 

 

 

 

Sobre Rosario Vilchis 24 artículos
Escritora. Psicóloga. Ganadora del premio de cuento 2012 por el instituto de cultura de Morelos.

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