GARCÍA LUNA Y SUS PADRINOS

 

 

 

J. Rigoberto Lorence

Nadie en sus cinco sentidos lo podía creer. Que García Luna fuera detenido por agentes norteamericanos en Dallas, Texas, era algo inconcebible. Después de 7 años de haber dejado los cargos de poder en México y establecerse en el país que más lo protegió, el superpolicía de Calderón apareció vestido con el color naranja de los reos en ese país.

 

El rebote de la noticia en México fue como una explosión en cielo despejado. De pronto el panorama político del país cambió por completo. La razón de ser del discurso de AMLO cobró plena vigencia. La guerra calderoniana no era solo un disparate militar, sino una maniobra de su gobierno para participar en el gran negocio de la droga, combatiendo a los enemigos del Cártel de Sinaloa y enriqueciéndose de múltiples formas, a costa de la sangre de miles de mexicanos.

 

En el fondo, García Luna y sus padrinos se excedieron en su perversidad y finalmente fueron exhibidos. Ellos, que se creían intocables merced al apoyo de USA, descubrieron que estaban ante el poder más pérfido, capaz de llegar junto con ellos hasta la ignominia, pero que guarda registro de sus tropelías, para usarlas contra ellos en el momento oportuno.

 

Roma no paga la traición, decían los antiguos. No por haber traicionado a su país para entregarlo en manos de las legiones, el traidor quedaba a salvo. La nueva Roma –o sea el gobierno de Washington– te va a cobrar los delitos que hayas cometido, aún estando a su servicio, cuando así convenga a sus intereses.

 

En este negocio no hay gratitud, ni pago de servicios. Cuando eras útil la nueva Roma te usó; hoy te mete a la cárcel para hacerte pagar esos crímenes, y para ello escoge el momento más adecuado a sus intereses.

 

A partir de este momento los padrinos de García Luna han entrado en pánico. Vicente Fox optó por la huida, por felicitar al presidente AMLO a raíz del éxito del T-MEC, deteniendo de golpe las diatribas que lanzaba por cualquier motivo, incluyendo las inspecciones que hacía de los baños del aeropuerto.

 

Felipe Calderón está más cerca del fuego que nunca. Su popularidad ya era muy baja, es cierto. Pero ahora nadie le va a creer ni el Bendito bien rezado, como él mismo dice. Su derrota política es aplastante. Las elecciones del 2018 le arrebataron lo que quedaba de su poder, pero el arresto de su pupilo le quitó la credibilidad, lo desnudó ante 125 millones de mexicanos.

 

De hoy en adelante, la inercia del proceso penal contra García Luna solo agregará agravantes a los cargos, declaraciones de testigos, lectura de documentos demoledores. Hoy, Calderón se enfrenta a todo el poder del Estado que él usó de manera perversa en su beneficio. Es el principio de su ruina política y moral, y con él, de todos los proyectos de la derecha mexicana, al menos mientras no cambie de líderes.

 

Hoy los próceres de la derecha no pueden seguir argumentando que la guerra de Calderón fue “un error”. Ya no se trata de los cálculos militares, sino del provecho político y monetario que la pandilla derechista sacó de esa guerra, de los negocios personales que hicieron a la sombra de las balas y las bombas, de la frialdad con que contemplaban a los miles de muertos que su maquinaria trituró para beneficio de un cártel.

 

Todo el horror de esa guerra, lanzada a sabiendas de que iba a fracasar, será puesto en evidencia a todo color, de costa a costa y de frontera a frontera, para que los mexicanos veamos lo que se atrevieron a hacer con nuestras vidas, con nuestros bienes, con la seguridad de nuestras familias.

 

Ante las pantallas desfilarán los hechos: los jóvenes masacrados sin piedad, para satisfacer al cártel preferido. O los militares disparando contra estudiantes del Tec de Monterrey para justificar el operativo, y luego la impostura de colocarles armas para acusarlos de narcodelincuentes.

 

Calderón controló los efectos de su guerra mientras estuvo en el gobierno, e incluso cuando al frente estuvo Peña Nieto. Pero hoy los efectos de la guerra lo han desbordado. El monstruo que creó lo alcanza hoy y enloda su prestigio, destruye su credibilidad y sus proyectos y lo puede acercar a la cárcel, por más que el nuevo presidente trate de evitar ese desenlace.

 

Al igual que ellos, la nueva Roma no tiene escrúpulos.

 

 

 

Sobre Rigoberto Lorence 69 Artículos
Estudió en la Facultad de Derecho y Ciencias y Técnicas de la Comunicación en la UNAM. Militante de las organizaciones democráticas y revolucionarias de México desde hace unos 40 años. Ha impartido cursos de reportaje, redacción y otras áreas dentro del periodismo.

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