COLOSIO: DERRUMBE DEL PARTIDO DE ESTADO

 

 

J. Rigoberto Lorence

La muerte de Luis Donaldo Colosio, hace 25 años en una colonia de Tijuana, significó el fin de las reglas básicas que daban vida y sentido al partido de Estado, el PRI, establecidas en su fundación en 1929 y refrendadas por Lázaro Cárdenas en 1936, con su victoria sobre el maximato y la expulsión del expresidente Calles.

 

Dichas reglas establecían la exclusión de toda violencia al interior del partido, en materia electoral. Veamos un poco de la historia. Antes de 1929 no existía un partido que unificara a la “familia revolucionaria”, es decir el conjunto de facciones políticas y militares que se disputaban el poder en todos los niveles: federal, estatal y hasta municipal. En cada sucesión presidencial ocurría un cuartelazo, un pronunciamiento militar que, además de la sangre derramada, impedía la estabilidad política que requería el país para su desarrollo.

 

El presidente Calles convocó entonces a una gran convención de todas esas facciones, que se unificaron bajo su guía y establecieron reglas esenciales de funcionamiento político. Fue una especie de pacto de convivencia entre los herederos de la revolución de 1910.

 

Además de la no intervención del ejército en las disputas por el poder, las reglas establecieron que, cualquiera fuera el sentido de una decisión en materia electoral, los contendientes respetarían la voluntad del presidente de la República. El propio Calles no respetó esta regla después, y estableció un maximato que usó a los presidentes Emilio Portes Gil y Pascual Ortiz Rubio como prestanombres de su poder.

 

En 1936, después de limpiar a las instituciones de elementos callistas (Ejército, centrales obreras, gubernaturas estatales, Congreso federal, etc.) Cárdenas ordenó que el expresidente se fuera al exilio forzado, y la orden fue ejecutada por tan solo un pelotón de soldados que lo puso en el avión, en compañía de un puñado de callistas.

 

Esta fue la primera vez que una disputa por el poder en México no terminaba con la muerte del derrotado, como había ocurrido en los casos de Venustiano Carranza, asesinado en Tlaxcalantongo, y el propio Alvaro Obregón, que solo perdió una batalla en su carrera militar y fue la de La Bombilla, que le costó la vida a manos de conspiradores. Al reeditar la solución violenta en las disputas por el poder, con la muerte de Colosio, el PRI se suicidó como partido de Estado.

 

El funcionamiento de la maquinaria priísta había sido perfecto hasta el desenlace de Tijuana el 23 de marzo de 1994. Porque una de las reglas esenciales indicaba que el acto más grande del poder presidencial era el nombramiento ritual de su sucesor, al cabo de lo cual éste emergía en el horizonte de la política nacional como un nuevo sol, mientras el anterior presidente pasaba discretamente al ocaso.

 

Y no solo eso: el nuevo tlatoani tendría en sus manos desde ese momento todos los resortes del poder. El candidato victorioso nombraba invariablemente al nuevo dirigente del PRI, para que le manejara su campaña. También a los nuevos secretarios de Gobernación y de Hacienda, para ir conociendo el estado real de los asuntos políticos y financieros desde dentro de la administración federal.

 

Finalmente, nombraba al embajador de México en USA, quien meses después pasaría a ocupar la cartera de Relaciones Exteriores en el nuevo gabinete. Todos estos movimientos tenían como objetivo afianzar al candidato oficial en el control de la situación, e implicaban que el presidente en funciones iba soltando el poder poco a poco, en una transición tersa.

 

Este proceso nunca sucedió en el caso de Colosio. No le permitieron realizar ningún nombramiento, mientras el presidente Salinas continuó en el mando, sin ceder un ápice del poder, y cometiendo excesos tales como tratar de corregir el borrador de los discursos del candidato, nombrarle un jefe de campaña (Ernesto Zedillo) y dejarlo sin recursos monetarios para continuar con el ritmo de gastos que implicaba su ascenso al poder.

 

En realidad, a Colosio nunca la cedieron el poder político, tal como se entendía en México en relación con un candidato del partido oficial. Colosio siempre siguió sujeto al mando del presidente, por lo que su discurso del 6 de marzo, aniversario del PRI –en el cual se distanciaba de la política de Salinas– fue tomado como declaración de guerra.

 

No importa mucho a estas alturas quién ordenó la muerte de Colosio. Lo importante es que el gobierno priísta, con todo su poder, no pudo aclarar –o no permitió que se aclarara– y por el contrario, tendió un manto de silencio e impunidad sobre los culpables. Al hacerlo, el Estado se hizo cómplice del magnicidio en una sucesión presidencial. Y tal conducta constituyó una forma específica del crimen de Estado.

 

A partir de esa fractura en 1994, el PRI nunca pudo volver a ser lo mismo. Ya no pudo seguir siendo el partido de “la línea y de la lana”. El último “dedazo” de EPN favoreciendo al candidato José Antonio Meade, terminó en el más rotundo fracaso, y a la fecha la marca PRI es sinónimo de desprestigio, arbitrariedad, abuso de poder, violencia y corrupción.

 

Las siglas PRI son el símbolo de un pasado que México borró el 1 de julio, y que millones de mexicanos están dispuestos a luchar para que nunca vuelva al poder. Nunca más…

 

 

Sobre Rigoberto Lorence 102 artículos
Estudió en la Facultad de Derecho y Ciencias y Técnicas de la Comunicación en la UNAM. Militante de las organizaciones democráticas y revolucionarias de México desde hace unos 40 años. Ha impartido cursos de reportaje, redacción y otras áreas dentro del periodismo.

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