El salario mínimo aumentó pero es insuficiente  

 

 

 

 

J. Rigoberto Lorence

 

El presidente de la República Andrés Manuel López Obrador hizo del conocimiento público, en conferencia de prensa, que el salario mínimo de los trabajadores mexicanos recibirá un aumento de 20% el año próximo, por lo que se elevará a 207 pesos diarios, acumulando un incremento global de 135% a partir de 2018.

 

Aunque en apariencia las cifras son impresionantes, los trabajadores mexicanos viven con penurias y apenas están recuperando el poder de compra que sus ingresos laborales tenían en los años 80 del siglo pasado, antes de que los gobiernos neoliberales, bajo el argumento del control de la inflación, aplicaran una férrea política de contención de salarios que los hundió en la pobreza.

 

El director de Comisión Nacional de los Salarios Mínimos (Conasami) Luis Munguía, declaró en entrevista que los salarios de los trabajadores en México, según datos del INEGI, solo representan alrededor del 8% de los costos de operación que tienen las empresas en sus procesos productivos, los cuales resultan muy bajos en comparación con las empresas de otros países.

 

Por ejemplo: el pago de la mano de obra significa más del 60% del gasto productivo de las empresas en Estados Unidos; resulta más desfavorable aún si las cifras se comparan con las empresas de la Unión Europea (UE) que pagan más del 70%. En este contexto, el salario de los trabajadores mexicanos de la ciudad y del campo, es uno de los más bajos del mundo, inferiores aún a países con desarrollo similar al nuestro en América Latina.

 

En diversas épocas los políticos han esgrimido argumentos en favor de mantener bajo el salario, porque supuestamente los trabajadores mexicanos tienen baja productividad. “Son flojos”, han dicho. En realidad, la mano de obra mexicana tiene alto rendimiento y está acostumbrada a la rudeza de las faenas agrícolas, por ejemplo. Para comprobarlo basta con citar el ejemplo de los migrantes mexicanos en EU.

 

En aquel país los jornaleros migrantes ganan de 8 a 10 dólares por hora, según la región, el producto y la empresa que los contrata. Por una jornada de 8 horas obtienen entre 1 mil 200 y 1 mil 600 pesos, esto es entre 8 y 10 mil pesos a la semana. En la mayoría de las regiones agrícolas de EU los migrantes cuentan con varios servicios, en parte debido a las enormes luchas que encabezaron algunos líderes mexicanos, empezando por César Chávez, fundador de los primeros sindicatos de trabajadores agrícolas en California, en los años 60 del siglo pasado. Las uniones después se extendieron a todas las regiones de EU.

 

La historia de la lucha de los trabajadores por mejorar sus salarios en México ha sido dramática: en los años 50 del siglo pasado, el gobierno alemanista que la agricultura mexicana subsidiara la industrialización del país –a través de la exportación de granos– así como para surtir de alimentos baratos a los mercados de las ciudades. O sea: todo el peso del desarrollo económico del país se cargó en la espalda de los campesinos, con precios de garantía muy bajos para sus productos. La mano de obra también se cotizaba muy barata en las fábricas. Fue una época de intensa migración del campo hacia las ciudades.

 

La política del “desarrollo estabilizador” que se aplicó en el país no era más que el crecimiento de la producción y la productividad laboral, con poco o nulo aumento salarial a los jornaleros agrícolas y los obreros. Las huelgas de los maestros, ferrocarrileros, electricistas, telefonistas, médicos y otros sectores sociales por obtener mejores salarios en los años 50 y 60 fueron reprimidas a sangre y fuego. El gobierno del PRI mantuvo sometido al país bajo las bayonetas de los soldados y las macanas de los policías. Los líderes “charros” y los sindicatos blancos –al servicio de las empresas– jugaron la función de mantener al trabajador bajo control absoluto. 

 

Mientras la productividad del trabajo continuaba aumentando, el salario se mantenía deprimido bajo el sindicalismo oficial, que siempre defendió los intereses de los patrones y del estado. El gobierno mexicano llegó en esa época a tener en propiedad unas 1 mil 200 empresas grandes, medianas y pequeñas, que funcionaban como el motor de la economía en su conjunto.

 

La riqueza social acumulada a partir del trabajo obrero y campesino –junto a las prestaciones sociales como el IMSS, el Infonavit y otras—más el avance de la instrucción pública, hicieron posible la aparición de una nueva clase media, muy dinámica y receptiva a la influencia cultural del extranjero.

 

Este modelo de desarrollo mostró signos de agotamiento desde antes del 68. En fecha posterior, la oligarquía se encargó de dar un viraje e implementó medidas neoliberales como política de estado. Privatizó las empresas públicas y las vendió a precio de ganga. Los salarios permanecieron estancados, pero además la inflación se disparó, y como consecuencia la remuneración del trabajo fue perdiendo poder adquisitivo, pérdida que se ha calculado hasta en un 80%.

 

Hoy con el nuevo incremento salarial se ha recuperado parte de la capacidad adquisitiva. El esfuerzo de los trabajadores, sin embargo, no debe dirigirse solo a restaurar el poder de compra de los años anteriores al neoliberalismo. Se trata de que el precio de la mano de obra aumente sustancialmente. El trabajo es la fuente primaria del valor, y debe ser remunerado de acuerdo con el volumen de valores que entrega a la sociedad. 

 

Algunos estudiosos han opinado que muchas empresas establecidas en México manejan patentes extranjeras, y por ello una parte importante de sus ganancias se transfiere a las empresas matrices. Pero la diferencia de salarios entre los obreros de ambos países no guarda proporción. No hay razón alguna para que la mano de obra mexicana tenga salarios marginales, y siga siendo una de las más baratas del mundo, ya que además de capaz es muy dinámica e ingeniosa, y aporta mucho valor a los productos que transforma.

 

Resulta absolutamente indispensable que los trabajadores formen un nuevo sindicalismo, más despierto y combativo, porque el actual es muy dependiente del gobierno. Por ejemplo: los líderes sindicales estaban esperando indicaciones del gobierno para presentar sus demandas salariales ante el sector patronal. La cifra del 20% de aumento sin duda les servirá de base para nuevas negociaciones contractuales.

 

Es probable que, ante el aumento de salarios, los productos tengan incrementos desproporcionados de precios, por la voracidad de comerciantes y usureros. Los obreros y campesinos deben movilizarse contra el incremento de precios, o verán esfumarse su salario. La lucha por incrementar el poder adquisitivo del salario es tarea diaria que deben realizar las agrupaciones de trabajadores. 

 

 

rigoberto421224@hotmail.com

 

 

Sobre Rigoberto Lorence 102 artículos
Estudió en la Facultad de Derecho y Ciencias y Técnicas de la Comunicación en la UNAM. Militante de las organizaciones democráticas y revolucionarias de México desde hace unos 40 años. Ha impartido cursos de reportaje, redacción y otras áreas dentro del periodismo.

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