PRI: UN PASO MÁS HACIA LA TUMBA

 

 

J. Rigoberto Lorence

La elección de la nueva dirigencia del Partido Revolucionario Institucional (PRI) se está produciendo en un contexto de declive general del otrora partido (casi) único, hoy pletórico de luchas intestinas que lo tienen al borde de la extinción y cuestionado en sus métodos por propios y extraños.

 

José Narro, exrector de la UNAM y uno de los más fuertes contendientes de la actual  batalla, declinó su candidatura y presentó su renuncia al partido, en un movimiento que exhibe el ambiente general que priva en el proceso interno. Acusó a la dirección priísta actual de promover las maniobras que tienen como objetivo llevar a la dirección al grupo que encabeza Alejandro (Alito) Moreno, gobernador de Campeche.

 

Otro tanto adujo Beatriz Pagés, periodista y militante tricolor durante largo periodo, al tiempo que Ivonne Ortega, exgobernadora de Yucarán (y eterna aspirante al máximo cargo partidario) avaló los argumentos de los renunciantes, aunque no presentó su dimisión al partido.

 

La acusación más importante es que el padrón de militantes se ha inflado con la presencia de miles de nuevos afiliados de varios estados del país, principalmente de Zacatecas, Edomex y Campeche, para facilitar la votación en favor del candidato favorito, quien por su cercanía con el actual presidente de la República llaman AMLITO.

 

Para quienes observamos la escena política, queda claro que el PRI no puede comportarse de otra manera. Nació como partido del gobierno, con apoyo de las instituciones oficiales, y siempre sirvió como una especie de Secretaría de Elecciones, una agencia de colocaciones para los políticos designados (se les decía palomeados) por quien ostentaba el cargo de Máximo Elector, el presidente de la República.

 

Como partido de la lana y de la línea, el PRI no puede renunciar a su esencia. Siempre debe contar con un patrocinador que le dicte la línea y lo dote de recursos para funcionar. Así ha sido y así seguirá siendo, incluso en estos nuevos tiempos de renovación de todas las instituciones y conductas de la sociedad.

 

Cuando José Narro informó a los medios que el propio Alito le confirmó que ya contaba con la aprobación del presidente de México, no hace más que ratificar la historia de su partido como instrumento de control político de masas, y de órgano encargado de apoyar las aspiraciones electorales de los grupos de poder que se mueven en los diversos estados del país.

 

Lo único nuevo, en este caso, es que quien preside hoy el país es un dirigente político que hace muchos años abandonó ese partido, y hoy gobierna con el apoyo de una coalición muy amplia que incluye antiguos militantes del PRI, hoy reciclados bajo las siglas de Morena, que mantiene su equilibrio interno precisamente porque todos confluyen en su apoyo a la figura presidencial.

 

Nada nuevo bajo el sol. El pueblo rechazó de manera contundente el 1 de julio de 2018 las prácticas del PRI, y las refrendó de manera contundente en las elecciones locales de este año, que enviaron a ese partido a la lona. Hoy el PRI sabe qué se siente ser parte de la chiquillada.

 

Pero no se le puede pedir al PRI que cambie. No está en su naturaleza. Equivaldría a pedir que los pájaros dejen de volar, los peces de nadar y los alacranes de inyectar su ponzoña. Sería una petición contra natura.

 

Pero sí nos llama mucho la atención que José Narro –quien se pasó los años de su rectorado en la UNAM negando su militancia priísta—salga hoy con que se acaba de dar cuenta que en el PRI hay maniobras, corrupción y escenarios preparados para imponer al candidato previamente ungido.

 

 

Sobre Rigoberto Lorence 102 artículos
Estudió en la Facultad de Derecho y Ciencias y Técnicas de la Comunicación en la UNAM. Militante de las organizaciones democráticas y revolucionarias de México desde hace unos 40 años. Ha impartido cursos de reportaje, redacción y otras áreas dentro del periodismo.

Sé el primero en comentar

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*