Érase una vez una gran Central de Gansters en Morelos. Era una especie de escuela donde los hombres aprendían a ser gansters. Lo encabezaba un jerarca gánster que a su vez obedecía a un jerarca de jerarcas que despachaba en la ciudad de México y quien vivió más de cien años (sí, ya sé que estoy exagerando pero en un cuento todo se vale).
Pues resulta que en esta escuela de Gansters había tres alumnos gansters que comenzaron a destacar por encima de los demás. Eran Tito, Bul y Vini. Este último era pariente del jerarca, y daba por hecho que sería el heredero de la Central de Gansters, lo que provocó celos entre sus compañeros.
Así es que Bul decidió salirse y formar su propia escuela de Gansters y le fue muy bien.
Pasaron los años y, efectivamente, a la muerte del Jerarca, Vini se quedó con el negocio. Sin embargo, el alumno más destacado, Tito, se encargó de que su compañero nunca tuviera todo el poder en sus manos. A pesar de que apenas sabía leer y escribir, Tito conformó su central de gánsters repartiendo sindicatos a sus hermanos e hijos, a quienes regañaba constantemente por su incapacidad para el trabajo y porque derrochaban el dinero.
Un día Tito apareció muerto dentro de un coche. Un desconocido le había dado un balazo.
Al principio todas las centrales de gansters pensaron en hacer marchas y manifestaciones para exigir que se esclareciera la muerte de su líder, pero después llegaron a una conclusión: Ya sin Tito, no había quién los regañara y tampoco quién les hiciera competencia.
De esta manera, los familiares y compañeros de Tito se hicieron cargo de su central de gansters y vivieron felices por el resto de sus días.
El gánster Vini, ya sin nadie que le hiciera contrapeso, se dedicó a hacer negocios y a viajar.
El gánster Bul, por su parte, dejó que sus hijos manejaran el negocio. Los ganstercitos vieron que ya no había empresas donde imponer sus sindicatos y tuvieron una gran idea: sindicalizar a los comerciantes ambulantes.
Y así, aunque jurídicamente el vendedor callejero es su propio patrón y por lo tanto no puede ser sindicalizado, los ganstersitos comenzaron a ofrecer a sus huestes que podían poner en la vía pública puestos de comida y de todo tipo de productos con la seguridad de que no serían molestados porque tenían al alcalde atemorizado.
Fue entonces cuando apareció un tercer gánster, un gánster proveniente de otro estado con un largo camino recorrido en el gansterismo nacional. Como salido de una película de comedia, el gánster nacional llegó a territorio morelense vistiendo ropas carísimas, acompañado de esbirros y a bordo de un helicóptero.
Su intención era quedarse con los negocios de los gansters morelenses para sumarlos a todos los que tiene a nivel nacional.
Un cuarto gánster, proveniente de otro estado pero que a base de engaños logró hacerse gobernador de Morelos (prometiendo acabar con la delincuencia y someterse a plesbicitos periódicamente) decidió juntar a los dos gansters principales de Morelos y les propuso hacer una alianza para que el gánster nacional no afectara el negocio de los tres.
Fue así como los tres gansters (dos de Morelos y uno de Tabasco), le declararon la guerra al gánster nacional. La policía se encargó de desalojar a unas mujeres que este último había puesto dizque en huelga de hambre frente al Palacio de Gobierno.
También, dio línea para que en los periódicos de Morelos el fuereño fuera exhibido “como gánster”.
Ahora, los tres gansters de Morelos se repartirán –sin nadie que les haga sombra- los puestos ambulantes, concesiones para taxis y –por supuesto- los contratos para acarrear materiales para la autopista Siglo XXI.

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