EL GOLPE MEDIÁTICO EN VENEZUELA

 

 

J. Rigoberto Lorence

El golpe de estado protagonizado el 30 de abril en Caracas por Juan Guaidó, Leopoldo López y un reducido grupo de militares y policías es “una nueva irresponsabilidad del extremismo. Ningún golpe. Ni a pronunciamiento militar llegaron. Fue una operación publicitaria más o menos ridícula”.

 

Esta es la opinión de Enrique Ochoa Antich, destacado político venezolano de oposición al régimen de Nicolás Maduro, al referirse al sainete protagonizado por los líderes del partido Voluntad Popular, que se ha significado por su radicalismo guarimbero y el tono ultra de sus discursos.

 

Queda claro que un movimiento de tal naturaleza por sí solo hubiera quedado al margen de los grandes titulares de la prensa mundial. Fue por completo irrelevante, sobre todo cuando ocupó de manera inmerecida un espacio estelar en todos los noticieros a nivel mundial. Es el signo de la ultraderecha venezolana, que se ha distinguido por su espíritu aventurero, superficial y frívolo, que prefiere los reflectores de la televisión al duro trabajo político de base.

 

Lo importante, sin embargo, es que la pantomima fue acompañada a nivel global por gesticulaciones de Donald Trump, quien amenazó al gobierno de Cuba con el fuego de los infiernos si continúa su apoyo al régimen bolivariano. O los bombardeos verbales de John Bolton y Mike Pompeo, quienes a tuitazos quisieron espantar al gobierno de Maduro para que cediera ante las minúsculas presiones de los sublevados y abandonara el poder.

 

En general el mundo se da cuenta que USA no está teniendo éxito en su guerra híbrida contra el régimen chavista. Desde el golpe militar de 2002, cuando Hugo Chávez fue prisionero de los rebeldes, se han producido decenas de intentos que han conducido siempre a lo mismo: el fracaso más rotundo. Pero nunca habían llegado hasta el ridículo como hoy lo hicieron.

 

El gobierno de USA ha utilizado todas las herramientas de que dispone en materia de desestabilización: ha incautado bienes de empresas del Estado venezolano, se ha negado a comprar petróleo o a pagar sus deudas anteriores con Pdvsa; arrecia el bloqueo financiero, de alimentos y medicinas; ordena apagones gigantescos y mantiene en la palestra política a sus títeres de Voluntad Popular.

 

Pero las operaciones de guerra interna no se han concretado porque, cuando los dirigentes fantoches de USA quieren iniciar las acciones militares, solo unos pocos soldados confundidos siguen las órdenes de Guaidó, y en pocas horas los héroes de la revuelta piden asilo en embajadas amigas, poniéndose a buen resguardo de las balaceras que ellos mismos desataron. Han demostrado de manera reiterada que son soldaditos de chocolate.

 

Lo que ha quedado de manifiesto es que las intentonas de Guaidó y compañía han generado precisamente el efecto contrario al que buscan. Mientras más insisten en la vía militar para solucionar la crisis, más se fortalece la cohesión de las fuerzas armadas en torno al liderato de Nicolás Maduro.

 

El aspecto que nunca han tomado en cuenta los adversarios del gobierno bolivariano es el acendrado nacionalismo de los soldados y la población venezolana. Cada vez que se hacen amagos de insurrección apoyada por los norteamericanos, la población se acerca a los dirigentes chavistas porque sabe –o intuye—que una victoria de USA y sus aliados significaría necesariamente un baño de sangre para extirpar de raíz el nacionalismo y antimperialismo que aquellos encarnan.

 

La estrategia norteamericana de partir en dos a las fuerzas armadas de Venezuela ha fracasado por completo. Ningún soldado bolivariano está dispuesto a disparar contra sus hermanos, y menos aún si los beneficiarios de la matanza pudieran ser las trasnacionales de USA y otros tiburones. Por lo tanto, la única solución viable reside en la capacidad de negociación de la oposición venezolana.

 

Porque la otra alternativa –una invasión militar directa de las fuerzas militares de USA—acercaría peligrosamente el subcontinente al caos, donde quedarían involucradas las fuerzas de USA y sus aliados, por un lado, y las tropas oficiales bolivarianas apoyadas por rusos y chinos, que podrían resistir años, o quizás decenios, convirtiendo a ese país en la versión sudamericana de Siria, Irak o Libia.

 

Un escenario de tal naturaleza no conviene a nadie, incluyendo a las empresas norteamericanas, que tomarían demasiados riesgos para operar dentro de un país en conflicto armado. Una nueva guerra de Vietnam, pero ahora en un país que está asentado sobre un mar de petróleo, codiciado por las principales potencias económicas de la Tierra, pondría en peligro la estabilidad de toda América del sur.

 

Por lo tanto, se pone de manifiesto claramente que Ochoa Antich tiene razón. Y concluiremos con una observación muy aguda del mismo autor: “Ahora la oposición venezolana negociará más debilitada. Maduro más atornillado. Nunca como ahora requerimos diálogo y referendo”.

 

Esto es importante que lo entiendan todos los actores de la escena venezolana. Pero sobre todo que penetre en las duras cabezas de los extremistas y de sus patrones de USA: los racistas Trump, Bolton, Pence y Pompeo. La disyuntiva es la negociación o el despeñadero.

 

 

Sobre Rigoberto Lorence 102 artículos
Estudió en la Facultad de Derecho y Ciencias y Técnicas de la Comunicación en la UNAM. Militante de las organizaciones democráticas y revolucionarias de México desde hace unos 40 años. Ha impartido cursos de reportaje, redacción y otras áreas dentro del periodismo.

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