ELITISMO TECNOCRÁTICO

Gerardo Fernández Casanova

Gerardo Fernández Casanova

Está de moda el tema del populismo; se le aborda desde distintos ángulos pero, por lo general, se da por hecho de que es una actitud política incorrecta e irresponsable. Con frecuencia se le vincula con la demagogia, propia de líderes carismáticos de tendencia totalitaria cuyo soporte está en la masa de los sectores más deprimidos de la sociedad, generalmente ignorantes y manipulables. De ser así, Peña Nieto y el régimen mexicano vigente serían su más clara expresión: compra de votos entre la muy abundante capa en estado de pobreza; propaganda falaz y machacona; discurso e imagen atractivos para captar simpatías, aunque sean de engaño para, a fin de cuentas, terminar apretando más la tuerca que exprime hasta la última gota de sangre nacional. El discurso ante la Asamblea General de la ONU, en la que arremetió contra los populismos de derecha y de izquierda, advirtiendo su peligrosidad para la “verdadera democracia”, parece haberlo dicho ante un espejo que refleja su propia imagen.

 

Yo ya he expresado en repetidas ocasiones en estas líneas mi postura. Me apego al sentido literal del término y rechazo sus acepciones engañosas en la jerga política y económica. Populismo se refiere a lo que es del pueblo. En tal sentido, el vocablo se relaciona directamente con la democracia, entendida como el gobierno del pueblo y para el pueblo, de suerte que me declaro un aferrado seguidor del populismo. Se gobierna para el pueblo o no se gobierna en absoluto, lo que no significa que se dilapiden recursos en pan y circo para tener contento al pueblo; eso es demagogia plena.

 

Con su consabida habilidad para crear marcas e imágenes, la derecha ha pretendido encajonar  los esfuerzos reivindicatorios con la tilde de populismo y, en su brutal incapacidad, muchos dirigentes autodenominados de izquierda ponen el grito en el cielo y niegan merecer tal clasificación. Como quien dice: compran la soga en que se ahorcan, y reviran diciendo que los populistas son otros. Se salva López Obrador que respondió aceptando ser populista apegado a la acepción literal del término. Menos mal.

 

Pero lo grave del caso es que la manipulación mediática logra tender una cortina de humo y, con ello, esconder su propia definición que, por lógica, sería la de ser lo contrario al multicitado vocablo; esto es: anti populista o, dicho en afirmativo, elitista. En la terminología de los economistas políticos el antónimo aplicable sería el de tecnócratas: aquellos que ejercen el poder apegados estrictamente al texto académico de su preferencia o conveniencia, independientemente de lo que quiera, opine o demande el pueblo. También se da el caso de tecnócratas de derecha y de izquierda, sean discípulos de Milton Freeman, los primeros, o de Stalin, los segundos. En ambos casos la voz del pueblo y, en su caso la de Dios, les viene guanga; sólo sirve para alimentar corridos y marchas de protesta, pero nada más según ellos, por lo que se le deberá reprimir en caso de insistencia en ser escuchada.

 

Es notoria la asimetría en la capacidad mediática: mientras que el populismo adquiere carácter de denuesto, el de tecnócrata se convierte en motivo de orgullo y presunción, incluso de justificación para sus elevados e inmerecidos salarios. Aunque sea en el campo de la semántica, tendrá que lucharse para lograr que las palabras recuperen su significado original. La comunicación y la información eficaces así lo exigen.

 

Saludo el nuevo esfuerzo por dilucidar respecto del futuro del país, ahora con el movimiento denominado Por México Hoy, en el que participan distinguidos personajes de la política y la intelectualidad; en este caso con la mirada puesta en la formación de un nuevo constituyente y la discusión para un nuevo ordenamiento fundamental. Bienvenido sea, pero al igual que a los grupos que se forman para trazar un nuevo rumbo a la economía, les falta claridad a la hora de proponer de qué manera podrán lograrse los objetivos, lo que necesariamente pasa por la toma del poder, por la vía única que nos han dejado que es el de las urnas. En todos los casos el pueblo es el destinatario último del quehacer público, sólo hace falta que el tal pueblo se percate de ello y actúe en consecuencia. Para eso hace falta hacer política y respaldar proyectos electorales viables, dejando a un lado los remilgos y los personalismos.

 

gerdez777@gmail.com

 

Sé el primero en comentar

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*