Silvia Chávez Manilla
Un dolor profundo e irracional, un grito ahogado que sale del corazón, un vacío que invade. Una sensación que no encuentra lugar, una angustia que aniquila la concentración, una pérdida difícil de asimilar. Soledad, un obscuro conducto.
Más o menos es lo que podemos llegar a sentir -y de lo que huímos—, ante la conclusión de un romance. Bien, pues esto, sumado a todas las creencias y ejemplos que polulan a nivel social, ha hecho que tener pareja -deja que sea la ideal— sea un objetivo de vida. Pareciera, que si no la encontramos hemos fracasado como individuos. De aquí, la popularidad de las aplicaciones que ofrecen un buffet de humanos con quienes podemos empatar.
Anteriormente, este conflicto se ahorraba porque desde que nacíamos ya existía un compromiso matrimonial, o bien, la gente se aguantaba, poniendo en práctica dichos como mí peor es nada, aquí nos tocó vivir, etc. Pero hoy existe el divorcio, embriagado por la cultura de lo desechable, o sea, a lo que se le acaba la pila, o pasa de moda se le deshecha.
Atendiendo un poco tales situaciones, las nuevas generaciones están poniendo candados para, en la medida de lo posible, evitar una separación de costo social. Por ejemplo, viven juntos varios años sin firmar un papel, aduciendo que antes de hacer el gasto de una boda, primero necesitan averiguar si sus mañas son compatibles con las de su pareja. Se cansaron de asistir a bodas que en dos/tres años terminaban en divorcio. Hoy por hoy, le apuestan al retorno de inversión.
En tanto, hay quienes encontraron un hoyo que tapar y unieron sus fuerzas para eliminar esta angustia y de paso sacarle provecho económico. Las aplicaciones hechas en nombre del amor están cubriendo una obsesión, sin faltar quien se aprovecha de ella para estafar; ahí tienen el documental titulado, el Estafador de Tinder.
Primero los científicos queriéndole ganar a la naturaleza; ahora los informáticos queriendo resolver nuestros poblemas existenciales. La serie Soulmates lo lleva a su máxima expresión, ésta presume la solución al amor idílico: una máquina que te dice el nombre y lugar de residencia de tu alma gemela. Maravilloso, ¿verdad? Será sólo ciencia ficción, pero juega con uno de los anhelos más deseados del ser humano y por ello, no dudo que no sólo los creadores de la sarie lo hayan imaginado.
Aunque me sorprendió que dentro de todo lo fantástico que pueda sonar, del mismo planteamiento surgen hipótesis que podrían echar para abajo tan ambicioso proyecto:
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La sociedad influye en nuestras decisiones. Terminamos haciendo o queriendo cosas que en realidad no necesitamos.
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La tecnología está expuesta a ser jaqueada o a fallar. Lo cual nos recuerda que tenemos un ego, siempre nos puede jugar chueco.
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Nadie externo nos satisfará al 100%. La insatisfacción es inherente al ser humano.
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Para conocer a ese ser especial, habrá que estar preparado para recibirlo.
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Quizá la misión del alma gemela nos es quedarse con nosotros toda la vida, sino estar un momento y enseñarnos a apreciar a otras personas, valorar oportunidades.
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El alma gemela también hará emerger tu lado más obscuro. No será todo miel sobre hojuelas.
De los puntos anterior, deduzco:
a) Necesitas trabajo personal (terapia), sí o sí. Niguno de los puntos mencionados se sostiene sin ello.
b) Nadie es perfecto. A sabiendas de ello, se debe construir una relación.
c) Estamos romantizando el concepto de Alma Gemela.
Duda: ¿El alma gemela forzosamente tendría que ser vista en términos de pareja, no puede ser una amistad, una hermano, una madre, un padre?
Nota: No puedo pasar por alto que en algunos lugares todavía se estila el trueque, mujeres por animales, o se les vende, o son obligadas a casarse con hombres mucho mayores que ellas.

Licenciada en periodismo por la Escuela de Periodismo Carlos Septién García, posgrado en psicoterapia Gestalt Relacional por el Instituto Humanista de Psicoterapia Gestalt y formación en Grupos Terapéuticos por el Círculo de Estudios en Terapia Existencial.
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